Cuento de Navidad para terminar el año

Termina el año y, además de agradecerles a todas las personas el acompañamiento que nos han hecho y desearles felicidad para el próximo año, cerramos 2014 con el cuento que se leyó durante la celebración de Navidad la pasada semana en los Servicios Generales. Feliz 2015.

«Se estaba acercando la Navidad en nuestro pueblo. Lo que suele poner en movimiento muchos sentimientos diferentes. Desde los tiernamente familiares hasta aquellos religiosos más profundos. Y por supuesto otros no tan elevados, como los que tienen referencia a los hábitos alimenticios y los comerciales.

Una de las grandes jugueterías se había aprovisionado con toda clase de juguetes, procedentes de todo el mundo, y que había reunido el dueño en sus viajes durante todo el año.

En las estanterías podía verse de todo. Armamentos de hojalata con banderas extrañas a nuestro pueblo, monstruos del más pésimo gusto televisivo… Pero también había muchas otras cosas bonitas acordes a la alegría navideña.

Entre éstas se encontraba un precioso osito de peluche de gran tamaño. Realmente era bonito. Parecía mirar con cariño, y sus ojitos pequeños y brillantes le daban una extraña vida que cautivaba a quienes quisieran mirarlo con interés. Era un juguete valioso, y por tanto nada barato. Y Peluche lo sabía. Sin delirios de grandeza, él se sentía entre lo mejor que se podía conseguir en aquel lugar.

El ser valioso era la causa de sus problemas. Porque los que tenían suficiente dinero como para comprarlo, no tenían niños a quienes obsequiárselo. Y los que tenían muchos niños carecían de dinero. A medida que se acercaba la Nochebuena, Peluche veía cómo las estanterías se iban vaciando de juguetes, mientras que él continuaba siendo admirado, pero sin que nadie se decidiera a adquirirlo para alegría de un niño.

Cuando vio que el dueño de la juguetería bajaba lentamente las pesadas cortinas metálicas de aquella juguetería, le invadió la angustia. Luego se apagaron las luces y, dentro, reinó el silencio. De afuera, en cambio, llegaba todo el bullicioso festejo navideño.

En la oscuridad, a Peluche le entraron ganas de llorar. Lo que más le dolía era saber que se había quedado solo, justamente por ser valioso. Si hubiera sido barato ya estaría en manos de alguien, compartiendo la fiesta, aunque no fuera más que por unas horas.

De repente se sobresaltó. Vio que la sala se iluminaba con una luz suave y bella. Y sus ojitos brillaron de estupor cuando vio al mismísimo Jesús. Había venido a buscar juguetes a fin de distribuirlos él también. Porque mientras que a los chicos ricos son sus padres quienes les traen regalos, a los pobres, se los manda Dios.

Cuando estuvo delante, el Señor lo miró —como nunca nadie antes lo había mirado— y le dirigió la palabra con toda naturalidad:

—Peluche, ¿quieres acompañarme esta Nochebuena para repartir regalos a los chicos que no tienen?

Peluche sintió que un extraño temblor en todo su cuerpo. Saltó de la estantería y se puso a bailar lleno de alegría. Al salir de la tienda, tan entretenidos estaban todos, que ni siquiera vieron a Jesús con la bolsa al hombro y con Peluche de la mano. Hubo quienes al verlo desde atrás pensaron que se trataba de un vagabundo, acompañado de su perrito. Es tan fácil confundir al Señor con un pobre cualquiera… ¡y más en Navidad!

Cuando llegaron las afueras del pueblo, Peluche quedó extasiado. Vio por primera vez un cielo estrellado, escuchó los grillos cantando. A lo lejos los perros y los gallos indicaban dónde vivían los pobres. Y las luciérnagas iluminaban la noche.

— ¡Qué hermosa es la noche!, exclamó Peluche.

— Sobre todo si vas de mi mano, le dijo Jesús.

Y así fueron visitando las casas del pueblo. El Señor y Peluche sacaban de la bolsa un regalo y entrando sigilosamente por la ventana abierta lo dejaba al lado de los niños dormidos.

Así estuvieron toda la noche, repartiendo felicidad por los hogares, hasta que casi llegando al amanecer, Jesús le dijo a peluche:

— Mira, ahora vamos a visitar la casa de Doña Matilde. El mejor de los regalos tiene que ser para su nietito, que está enfermo.

Peluche buscó en la bolsa el regalo mejor. Pero descubrió con sorpresa que ya no había más regalos. Estaba completamente vacía. Y perplejo se lo dijo a Jesús. Pero éste, guiñándole un ojo, como quien ya sabía el asunto, le dijo:

— Haz como yo. ¡Regálate!

Nota: Nunca se supo en el pueblo cómo hizo Doña Matilde para conseguirle a su nietito un regalo tan hermoso. Y hasta hubo gente malintencionada que sospechó de ella… Son tan ladrones los pobres… Si te acercas, te roban el corazón».

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