Migraciones

Cada verano, la mejora de la climatología lleva consigo que cientos de personas traten de alcanzar un futuro mejor jugándose la vida, atravesando aguas peligrosas que hacen de barricada entre los países ricos del norte y los pobres del sur. Recientemente, 27 personas fallecían al naufragar la barca en la que trataban de llegar hasta Canarias.

Cada verano, pues, el Mar Mediterráneo y el Océano Atlántico se convierte en la fosa común de un número incalculable de personas que ven en ese riesgo y en el futuro incierto que les espera (detenciones, deportaciones, explotación laboral, explotación sexual…), la única salida posible de una realidad a la que los gobiernos europeos y norteamericanos, principalmente, han sometido a África y América Latina, apoyando gobiernos corruptos, defendiendo los intereses de las multinacionales por encima de los Derechos Humanos, impidiendo el desarrollo de las personas que habitan en continentes de los que se les exige la entrega de sus materias primas y mano de obra casi de forma gratuita, donde la infancia carece de todo derecho y donde el futuro no puede plantearse más allá que de unas pocas horas.

Ante este panorama real, seguimos viviendo situaciones dantescas: países que se niegan a acoger barcos con náufragos, pateras que se hunden con decenas de personas a bordo, personas que alquilan pisos por horas para aprovecharse de la situación de miseria de hombres y mujeres, proxenetas que secuestran a las mujeres…

No podemos argumentar la situación de crisis que vivimos para rechazar a quienes han sido y son víctimas de nuestro bienestar, a quienes hemos llevado a una crisis real y perpetua sin ofrecerles tan siquiera la posibilidad de alcanzar uno solo de los derechos que como personas les corresponde. Difícilmente podremos avanzar si no entendemos que nuestra realidad está ligada a otras realidades, si no entendemos que sólo en comunidad seremos capaces de construir otra sociedad.

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