III Jornada Mundial de los pobres

Nos hacemos eco y les animamos a seguir la invitación del Papa Francisco a toda la Iglesia a compartir la III Jornada Mundial de los Pobres el próximo domingo 17 de noviembre que lleva como lema “La esperanza de los pobres nunca se frustrará” (Sal 9, 19). Es una llamada que urge a la comunidad de creyentes y al resto de la sociedad, a devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida que viven millones de personas pobres en nuestro mundo.

En tiempos difíciles confiar, esperar y dar testimonio

Algunos de los que acompañan a Jesús se sienten admirados por la grandeza y belleza del templo, Jesús, por el contrario, lo ve de manera más profunda, con ojos proféticos: aquel lugar religioso no está acogiendo el reino de Dios y su justicia, es un modelo agotado que necesita conversión y cambio. Será destruido y el reino de Dios se irá abriendo camino. Jesús no pretende señalar el fin de los tiempos. Alerta de que los reinos de este mundo son capaces de provocar guerras y catástrofes, sufrimiento y pobreza, pero el reino de Dios traerá paz y justicia. Así, trata de exhortar a sus seguidores a mantener viva la fe y la esperanza a pesar de las dificultades. En medio de estas estamos invitados a perseverar y dar testimonio de su mensaje y su proyecto. Los tiempos difíciles no son tiempos para el lamento, la nostalgia y el desaliento, sino para confiar y esperar. Una esperanza que nace de la confianza en que Dios está al lado de sus hijos e hijas, acompañándoles y protegiéndoles.

«La esperanza de los pobres nunca se frustrará»

Estas palabras del salmo 9, 19 son el lema de la III Jornada Mundial de los Pobres. Unas palabras que «expresan una verdad profunda que la fe logra imprimir sobre todo en el corazón de los más pobres: devolver la esperanza perdida a causa de la injusticia, el sufrimiento y la precariedad de la vida». La exclusión social, en sus diferentes dimensiones, se ha enquistado en la estructura social de nuestro país. El número de personas en exclusión social en España es de 8,5 millones, el 18,4% de la población, lo que supone 1,2 millones más que en 2007, afectando principalmente a las familias con menores, jóvenes y mujeres. Son el rostro de la sociedad estancada, un nutrido grupo de personas para quienes el ascensor de la movilidad social no funciona. Estas personas tienen rostro, historia, nombres, y a veces se les rechaza y «son vistos, por algunos, como una amenaza o gente incapaz, solo porque son pobres», dice el papa. Sin embargo, son los preferidos del Dios de la misericordia. Él es aquel que escucha, interviene, protege y redime. «El pobre nunca encontrará a Dios indiferente». Esta certeza de no ser abandonado es la que invita a la esperanza. Más aún, son proclamados por Jesús «bienaventurados» (cf. Lc 6, 20) y destinatarios del Reino, el cual ha sido inaugurado poniendo a los pobres en el centro y confiándonos la tarea de llevarlo adelante, asumiendo la responsabilidad de dar esperanza a los más vulnerables y empobrecidos. «Un programa que la comunidad cristiana no puede subestimar. De esto depende que sea creíble nuestro anuncio y el testimonio de los cristianos».

Testigos de la esperanza y apóstoles de los pobres

«Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40). Estamos llamados a tocar la carne sufriente para comprometernos en un servicio que es evangelizador, pues la promoción de los pobres forma parte del anuncio evangélico. La opción por los últimos y descartados es prioritaria para los discípulos de Cristo. El testimonio de muchos testigos y mártires de la caridad, auténticos «santos de la puerta de al lado», son todo un estímulo que nos ayuda a mirar con otros ojos a las personas más vulnerables, a escuchar sus gritos y a generar esperanza. Se necesitan testigos de la esperanza en el contexto de la cultura del consumo y del descarte. Una esperanza que se comunica a través del consuelo y se realiza acompañando a los más pobres en sus procesos de desarrollo, algo que va más allá de la mera asistencia. Los pobres no solo necesitan ropa y alimentos, «tienen necesidad de Dios, de su amor hecho visible gracias a personas santas que viven junto a ellos» y de las cuales Dios se vale para llegar al corazón de las personas. Los pobres necesitan nuestras manos para levantarse, nuestro corazón para sentir el calor del afecto y nuestra presencia para superar la soledad. La condición para ser evangelizadores coherentes es «sembrar signos tangibles de esperanza». Pero no hemos de olvidar que no son, sin más, objetos de nuestra acción, ni están ahí para que hagamos buenas obras; el encuentro con los pobres es salvífico: «ellos nos salvan porque nos permiten encontrar el rostro de Jesucristo».

Vivir la Jornada Mundial de los Pobres

La Jornada Mundial de los Pobres no es una jornada para hacer una colecta más en favor de los pobres. No es tampoco una jornada para hacer algo «por» los pobres, sino «con» los pobres. Se trata de favorecer el encuentro y el diálogo fraterno, descubriendo la fuerza salvífica contenida en ellos. Una jornada que debe ser vivida por toda la Iglesia —diócesis, parroquias, comunidades, movimientos, asociaciones, instituciones— como un momento privilegiado de evangelización. Un momento en que nos abrimos a los pobres y nos dejamos evangelizar por ellos. Acojamos, personal y comunitariamente, la llamada del santo padre a vivir esta Jornada para reforzar en muchos la voluntad de colaborar para que nadie se sienta privado de cercanía y solidaridad, en definitiva, privado del amor de Dios, que ofrece esperanza sobre todo a los desilusionados y privados de futuro.

Material adicional para descargar:

III Jornada mundial de los pobres – Pautas para la animación.

– III Jornada mundial de los pobres – Subsidio Litúrgico

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